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By VIDAL DE BATTINI

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Es muy fácil —le dice. —Todos los días sábados, por este camino, pasan las vendedoras de empanadas. Llevan las empanadas en unas tipas, sobre la cabeza. Yo me adelanto a ellas, y me hago el muerto en el camino, y la empanadera, la vendedora de empanadas, me levanta para llevarme a casa, rescoldiarme, pelarme en el rescoldo, en la ceniza o ushpa1, y yo áhi como todas las empanadas que deseo. Y cuando paso por cerca de un árbol con las ramas sobre el camino, me cuelgo de allá y después me bajo. Ya he comido unas cuantas empanadas.

Lo encontró al chingolo, y en un descuido lo cazó. Lo llevaba en la boca, y lo vio la paloma, y le dijo: —Éste no era mi compadre chingolo que me ha dicho que usté no se sube a los árboles. Y el zorro, ¡nada! Y le vuelve a decir la paloma: —Me han dicho que usté sabe cantar muy bonito. ¡Cante un cantito! ¡Cante un cantito! Y el zorro se creyó y cantó: —¡Guá!.. ¡Guá!.. ¡Guá! Y abrió la boca, y se voló el chingolo. Y así lo salvó la paloma. Alfredo Barrera, 11 años. Beazley. La Capital. San Luis, 1948.

El zorro, al escuchar esto, pensó que también tenía comida asegurada, siguiendo la misma treta. Esperó hasta el sábado siguiente, y se tiró sobre el camino, haciéndose el muerto. Las mujeres, al verlo al zorro, lo único que hicieron fue tomar un palo que encontraron a mano, y le dieron unos cuantos garrotazos al zorro. Y el zorro, maltrecho, dolorido, se escapó a los gritos. Y le fracasó la treta que tenía el quirquincho para comer. Manuel José Victoria, 50 años. Santiago del Estero. 1970. El narrador es un distinguido educador.

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